jueves, 28 de noviembre de 2013

¿Cómo quieres que te ayude?



Con frecuencia los adolescentes dicen que se sienten incomprendidos por sus padres, que se empeñan en que hagan las cosas como ellos las hicieron y que esa forma de vivir está anticuada, no encaja con las situaciones vitales a las que ellos se enfrentan ahora.

Y no les falta razón, al menos en parte. Pero uno de los rasgos de la adolescencia es el extremismo: las cosas son blancas o negras. Hay que dejar pasar los años para que la imagen en blanco y negro con luces y sombras muy marcadas se suavice con el descubrimiento de la gama de grises y de todos los infinitos colores que tiene la paleta de la vida. 

"Uno de los rasgos de la adolescencia es el extremismo: las cosas son blancas o negras"
Cuando en un campo concreto los adolescentes se sienten incomprendidos por sus padres, tienden a extrapolar para llevarlo al extremo en el que se sienten cómodos, y concluyen que sus padres en absoluto les entienden. Y se cierran en banda a recibir ningún tipo de experiencia que vena desde los padres y que a lo mejor les sería útil. Se rompe la comunicación. 

Si quieres mantener un diálogo fluido con tus hijos adolescentes, no les des grandes lecciones acerca de lo que tú hacías cuando tenías su edad, especialmente poniéndote tú como ejemplo de lo que se debe hacer –a menos que te lo pregunten… Y no porque no tengas razón en lo que argumentas, que seguramente a veces la tienes, sino porque de esa forma tu mensaje no les llega y corres el riesgo de que te cierren la puerta y eviten la comunicación. 

"Si quieres mantener un diálogo fluido con tus hijos adolescentes, no les des grandes lecciones acerca de lo que tú hacías cuando tenías su edad... "

Cuando haces esto, de forma implícita les estás diciendo que no tienen ni idea de la vida y que te necesitan a ti para que le digas cómo se tiene que hacer todo. Este es uno de los peores mensajes que le puedes mandar a un adolescente, que lo que necesita es desarrollar la confianza en sí mismo y en su capacidad para resolver satisfactoriamente las papeletas que se va encontrando, y que necesita sentirse valorado como prueba de que es amado. Seamos inteligentes-prácticos y centrémonos por lo tanto en el resultado que queremos obtener, y luego actuemos de forma que consigamos ese resultado. 

Vamos por lo tanto a guardar las batallitas del Abuelo Cebolleta para los nietos cuando los tengamos, y a los hijos adolescentes probemos a escucharles. Solo a escucharles, no a escuchar-para-replicar, no a escuchar-como-quien-oye-llover… Cuando te hayan contado todo lo que quieren decir, entonces guíales con tus preguntas: “¿puedo ayudarte yo de alguna forma con esa situación que te preocupa?”, “¿Cómo puedo ayudarte?”, “¿cómo quieres que te ayude?”. Y escucha otra vez. Utiliza tu experiencia para tener contención, paciencia, y déjales que sean ellos los que tomen la iniciativa, aunque de hecho seas tú el que les va guiando; como el mar de fondo, por debajo, sin que se note. Ten la generosidad de dejarles que se sientan importantes. ¿Qué puedes perder por probar?; las lecciones magistrales ya has visto que no funcionan, prueba algo diferente y seguramente obtendrás resultados diferentes.

" ... a los hijos adolescentes probemos a escucharles. Solo a escucharles, no a escuchar-para-replicar, no a escuchar-como-quien-oye-llover… "

Para que en un diálogo se produzca una comunicación eficaz, es de capital importancia que se dé una escucha activa. No les empujes a terminar sus argumentos, no te impacientes porque no son capaces de llegar a una conclusión… Es de esperar que les cueste, porque son adolescentes, no adultos; la parte de su cerebro que realiza esas funciones se está desarrollando ahora. 

Un manzano nunca dará peras. Nunca. Empeñarse en pedírselas no solo es una pérdida de tiempo sino que te hace malgastar una energía que necesitas para otras cosas. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

A mi hijo no le interesa lo que digo




“Mi hijo no siente ningún interés por las cosas que tengo que contarle, sencillamente no le interesa lo que digo. Hace mucho más caso a sus amigos porque a ellos sí que les escucha”.

Esta sensación de frustración es común a una gran mayoría de padres cuando tienen hijos adolescentes. En el momento en que los hijos adquieren una madurez que nos permite compartir con ellos nuestra experiencia vital de forma más intensa, ellos pierden el interés en lo que nosotros tengamos que contarles. Antes siquiera de tener una idea de qué es eso que les queremos contar, parecen haber tomado ya la decisión de que lo que tengamos que decir no les interesa. Es como si nos hubiesen colgado un cartelito que dijese algo así como “Lo que dice esta persona no es relevante. SEGURO”.

En la bibliografía podemos encontrar muchas explicaciones a por qué esto ocurre durante la adolescencia. Desde mi punto de vista esto ocurre fundamentalmente porque nuestros hijos modelan lo que ven en nosotros. Si ellos no perciben que nosotros tengamos interés en lo que ellos tiene que decir u opinar, lo interpretan como que no les valoramos, se sienten heridos y como consecuencia se cierran a lo que nosotros tengamos que decirles. Y a la vez se abren a lo que digan los que sí sienten que les valoran y les aprecian: los amigos.

No estoy queriendo decir que a nosotros no nos interese lo que tienen que decir nuestros hijos (aunque hay muchos casos de padres a los que realmente no les interesa), sino que el mensaje que les estamos haciendo llegar a nuestros hijos es ese. Y puesto que la responsabilidad de la comunicación eficaz es del emisor del mensaje (en este caso nosotros, los padres), somos nosotros los que tenemos que trabajar en hacerles llegar el mensaje de forma que ellos lo entiendan.

Si el mensaje que reciben es que ellos no tienen suficiente entidad como para que sus opiniones puedan ser consideradas o tenidas en cuenta, que no saben suficiente, que no son lo bastante buenos, sienten que para nosotros no son importantes y confunden ese ser-importante con el ser-querido y les duele. La reacción de cerrarse ante algo que te hace sufrir es instintiva y natural en todos, así que mejor no escuchan y así no reciben otra dosis del sufrimiento que se deriva de no sentirse valorados ni considerados.

Si estás pensando que este no es tu caso, quizás quieras considerar que hay muchas formas de hacerles llegar el mensaje de que no son lo bastante buenos como para ser tenidos en cuenta. Podemos hacerlo de forma verbal más o menos expresa (“tú qué sabrás con la edad que tienes”, “tú aún no te enteras de qué va esto, escucha a los que saben”, “esto no es una democracia, aquí se hace lo que yo decido” etc) o con el lenguaje no verbal (mientras mi hijo me habla yo estoy haciendo a la vez otras cosas, no le miro mientras habla, no le dejo acabar sus argumentos y le interrumpo imponiendo los míos, asumo lo que me quiere decir y le contesto antes de que acabe de exponerlo, etc).

Si tu hijo no parece tener el más mínimo interés en escuchar lo que tienes que decirle, pregúntate cuánto interés tienes tú en escucharle a él. Y cuando digo escuchar no me refiero a las respuestas concisas que te da a las preguntas que tú le haces, sino a escuchar en general lo que él o ella quieran compartir contigo al respecto de lo que sea. ¿Propicias esa comunicación, o estás todo el día tan acelerado que ni siquiera tienes tiempo de mirarle a la cara más que el tiempo suficiente para comprobar si se ha lavado los dientes y reprenderle si no lo ha hecho? Si con tu lenguaje no verbal le mandas el mensaje de que estás receptivo para escuchar, crearás un espacio que propiciará el que él se abra. Y cuando lo haga, asegúrate de poner toda tu atención en escucharle y hacerle saber que te interesa lo que él opina. Vence el impulso de expresar tus opiniones al respecto a continuación de las suyas a no ser que él te las pregunte, especialmente si no coinciden; deja que se sienta importante. No tienes que estar de acuerdo, pero no impongas tu opinión barriendo la suya y dejándole claro de forma verbal o no-verbal (más poderosa) que no tiene ni idea.

Si pierdes la comunicación con tus hijos durante la adolescencia y dejas que este hecho se enquiste con el tiempo, es fácil que no vuelvas a recuperarla. Actúa ahora.

No puedes forzar el que tu hijo sienta interés por lo que tú tengas que decir, porque el interés nace de dentro. Pero por esto mismo, tú puedes cambiar desde tu lado y mostrar tu interés en lo que él tenga que decirte.

Prueba a hacerlo y mira a ver qué pasa…

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Para una comunicación eficiente, primero escuchar



“Mi hija tiene 14 años y nos trata a su madre y a mí como si fuésemos sus esclavos. No solo está cada vez más afianzada en su creencia de que “todo me es debido” sino que está empezando a faltarnos al respeto y a contestar de malos modos cuando ve que no puede salirse con la suya. La sensación que tenemos es que empieza a estar fuera de control; ¿qué podemos hacer…?”


En primer lugar puedes ser consciente de que lo más probable es que tú y la madre de la niña hayáis contribuido de alguna forma a la presente situación. Con frecuencia se nos olvida que las cosas que hacemos y también las que no hacemos tienen consecuencias. Como las consecuencias no son siempre inmediatas, cuando llegan no somos capaces de relacionarlas con su causa real y caemos en la adjudicación fácil y apresurada de causas que no son tales. 


Si te paras un poco a pensar de dónde viene la situación actual ganarás dos cosas: aceptarás tu parte de responsabilidad en la situación, y además sabrás dónde tienes que actuar para cambiarla. Lo bueno de darnos cuenta de que tenemos una parte de responsabilidad en las cosas que nos pasan, es que eso significa que hay algo que está en nuestra mano cambiar para que la situación mejore.


Mi madre era médico pediatra, y recuerdo haberla oído comentar con frecuencia que lo más difícil de la práctica médica es hacer un diagnóstico acertado y preciso. Una vez encontrada la causa, casi siempre hay algo que se puede hacer o al menos intentar. Pero si no actuamos sobre la verdadera causa, lo más probable es que lo que hagamos no mejore la situación que queremos cambiar. Si no somos conscientes de esto, es fácil que tengamos la sensación de que la situación se nos escapa irremediablemente de las manos, que no tenemos ningún control sobre ella, lo cual es una fuente garantizada de sufrimiento.


Para llegar a un buen diagnóstico, un médico no solo tiene que observar los síntomas que se le describen y buscar otros posibles síntomas relacionados con estos, sino que tiene que escuchar mucho a su paciente. Cuando el diagnóstico es acerca de una relación interpersonal, hay que escuchar a ambas partes; eso es lo que haría un coach. Si eres tú el que estás intentando profundizar en una situación difícil entre tu hija y tú sin ayuda de terceros, tienes que hacer un trabajo de introspección para poder escucharte a ti mismo, y tienes además que escuchar a tu hija.


Como bien sabes, escuchar no es lo mismo que oír. La escucha requiere atención y estar presente, abierto, a lo que se te comunica. En ocasiones la escucha es fácil, pero a veces requiere que prepares las condiciones para que se produzca con la mayor eficiencia. 


Para escucharte a ti mismo tienes que ser capaz de acallar las razones que te grita tu ego. Todas estas razones las recibes desde tu mente, tu hemisferio cerebral izquierdo, que es el que razona, analiza, y concluye. Y todo eso está muy bien, pero no te olvides de un ingrediente fundamental que seguramente va a tamizar todas esas razones y te va a ayudar a tener una visión más real de lo que ocurre: lo que te dice el corazón, el hemisferio derecho, que es el que intuye y percibe. La mente habla a gritos, el corazón en susurros. Acalla tu mente y haz silencio para poder escuchar y entender el mensaje que te quiere hacer llegar tu corazón. Luego pon ambos mensajes juntos y mira a ver qué resulta.


Para escuchar a tus hijos, tienes que dejar de hablar tú. No solo físicamente -que también-, sino en tu mente. Cuando a la vez que ellos hablan, tú desarrollas en tu mente los argumentos con los que vas a contratacarles cuando paren para tomar aire, no los estás escuchando, no te engañes; estás hablando tú a la vez que finges que les escuchas. Y ellos lo perciben de forme más o menos consciente -cuanto más mayores, más probabilidades de que sea de forma consciente- y es por eso que no se sienten valorados y pierden el interés en intentar comunicarse contigo. Cuando tú quieres comunicar un mensaje y la persona que tiene que recibirlo no quiere escuchar, no importa lo que digas o cómo lo digas, el mensaje no llega. 



Así que lo primero que podemos hacer es escuchar: a nosotros –nuestro corazón- y a nuestros hijos –desde el corazón-, porque si hacemos eso estaremos empezando a crear las condiciones óptimas para una comunicación eficiente. Qué hacer a continuación, lo veremos en la siguiente entrada.