“Mi hijo no siente ningún
interés por las cosas que tengo que contarle, sencillamente no le interesa lo
que digo. Hace mucho más caso a sus amigos porque a ellos sí que les escucha”.
Esta sensación de frustración
es común a una gran mayoría de padres cuando tienen hijos adolescentes. En el
momento en que los hijos adquieren una madurez que nos permite compartir con
ellos nuestra experiencia vital de forma más intensa, ellos pierden el interés
en lo que nosotros tengamos que contarles. Antes siquiera de tener una idea de
qué es eso que les queremos contar, parecen haber tomado ya la decisión de que
lo que tengamos que decir no les interesa. Es como si nos hubiesen colgado un
cartelito que dijese algo así como “Lo que dice esta persona no es
relevante. SEGURO”.
En la bibliografía podemos
encontrar muchas explicaciones a por qué esto ocurre durante la adolescencia.
Desde mi punto de vista esto ocurre fundamentalmente porque nuestros hijos
modelan lo que ven en nosotros. Si ellos no perciben que nosotros tengamos
interés en lo que ellos tiene que decir u opinar, lo interpretan como que no
les valoramos, se sienten heridos y como consecuencia se cierran a lo que
nosotros tengamos que decirles. Y a la vez se abren a lo que digan los que sí
sienten que les valoran y les aprecian: los amigos.
No estoy queriendo decir que a
nosotros no nos interese lo que tienen que decir nuestros hijos (aunque hay
muchos casos de padres a los que realmente no les interesa), sino que el
mensaje que les estamos haciendo llegar a nuestros hijos es ese. Y puesto que
la responsabilidad de la comunicación eficaz es del emisor del mensaje (en este
caso nosotros, los padres), somos nosotros los que tenemos que trabajar en
hacerles llegar el mensaje de forma que ellos lo entiendan.
Si el mensaje que reciben es
que ellos no tienen suficiente entidad como para que sus opiniones puedan ser
consideradas o tenidas en cuenta, que no saben suficiente, que no son lo
bastante buenos, sienten que para nosotros no son importantes y confunden ese
ser-importante con el ser-querido y les duele. La reacción de cerrarse ante
algo que te hace sufrir es instintiva y natural en todos, así que mejor no
escuchan y así no reciben otra dosis del sufrimiento que se deriva de no sentirse
valorados ni considerados.
Si estás pensando que este no
es tu caso, quizás quieras considerar que hay muchas formas de hacerles llegar
el mensaje de que no son lo bastante buenos como para ser tenidos en cuenta.
Podemos hacerlo de forma verbal más o menos expresa (“tú qué sabrás con la
edad que tienes”, “tú aún no te enteras de qué va esto, escucha a los que
saben”, “esto no es una democracia, aquí se hace lo que yo decido” etc) o
con el lenguaje no verbal (mientras mi hijo me habla yo estoy haciendo a la vez
otras cosas, no le miro mientras habla, no le dejo acabar sus argumentos y le
interrumpo imponiendo los míos, asumo lo que me quiere decir y le contesto
antes de que acabe de exponerlo, etc).
Si tu hijo no parece tener el
más mínimo interés en escuchar lo que tienes que decirle, pregúntate cuánto
interés tienes tú en escucharle a él. Y cuando digo escuchar no me refiero a
las respuestas concisas que te da a las preguntas que tú le haces, sino a
escuchar en general lo que él o ella quieran compartir contigo al respecto de
lo que sea. ¿Propicias esa comunicación, o estás todo el día tan acelerado que
ni siquiera tienes tiempo de mirarle a la cara más que el tiempo suficiente
para comprobar si se ha lavado los dientes y reprenderle si no lo ha hecho? Si
con tu lenguaje no verbal le mandas el mensaje de que estás receptivo para
escuchar, crearás un espacio que propiciará el que él se abra. Y cuando lo
haga, asegúrate de poner toda tu atención en escucharle y hacerle saber que te
interesa lo que él opina. Vence el impulso de expresar tus opiniones al
respecto a continuación de las suyas a no ser que él te las pregunte,
especialmente si no coinciden; deja que se sienta importante. No tienes que estar
de acuerdo, pero no impongas tu opinión barriendo la suya y dejándole claro de
forma verbal o no-verbal (más poderosa) que no tiene ni idea.
Si pierdes la comunicación con
tus hijos durante la adolescencia y dejas que este hecho se enquiste con el tiempo,
es fácil que no vuelvas a recuperarla. Actúa ahora.
No puedes forzar el que tu
hijo sienta interés por lo que tú tengas que decir, porque el interés nace de
dentro. Pero por esto mismo, tú puedes cambiar desde tu lado y mostrar tu
interés en lo que él tenga que decirte.
Prueba a hacerlo y mira a ver
qué pasa…