miércoles, 13 de noviembre de 2013

Para una comunicación eficiente, primero escuchar



“Mi hija tiene 14 años y nos trata a su madre y a mí como si fuésemos sus esclavos. No solo está cada vez más afianzada en su creencia de que “todo me es debido” sino que está empezando a faltarnos al respeto y a contestar de malos modos cuando ve que no puede salirse con la suya. La sensación que tenemos es que empieza a estar fuera de control; ¿qué podemos hacer…?”


En primer lugar puedes ser consciente de que lo más probable es que tú y la madre de la niña hayáis contribuido de alguna forma a la presente situación. Con frecuencia se nos olvida que las cosas que hacemos y también las que no hacemos tienen consecuencias. Como las consecuencias no son siempre inmediatas, cuando llegan no somos capaces de relacionarlas con su causa real y caemos en la adjudicación fácil y apresurada de causas que no son tales. 


Si te paras un poco a pensar de dónde viene la situación actual ganarás dos cosas: aceptarás tu parte de responsabilidad en la situación, y además sabrás dónde tienes que actuar para cambiarla. Lo bueno de darnos cuenta de que tenemos una parte de responsabilidad en las cosas que nos pasan, es que eso significa que hay algo que está en nuestra mano cambiar para que la situación mejore.


Mi madre era médico pediatra, y recuerdo haberla oído comentar con frecuencia que lo más difícil de la práctica médica es hacer un diagnóstico acertado y preciso. Una vez encontrada la causa, casi siempre hay algo que se puede hacer o al menos intentar. Pero si no actuamos sobre la verdadera causa, lo más probable es que lo que hagamos no mejore la situación que queremos cambiar. Si no somos conscientes de esto, es fácil que tengamos la sensación de que la situación se nos escapa irremediablemente de las manos, que no tenemos ningún control sobre ella, lo cual es una fuente garantizada de sufrimiento.


Para llegar a un buen diagnóstico, un médico no solo tiene que observar los síntomas que se le describen y buscar otros posibles síntomas relacionados con estos, sino que tiene que escuchar mucho a su paciente. Cuando el diagnóstico es acerca de una relación interpersonal, hay que escuchar a ambas partes; eso es lo que haría un coach. Si eres tú el que estás intentando profundizar en una situación difícil entre tu hija y tú sin ayuda de terceros, tienes que hacer un trabajo de introspección para poder escucharte a ti mismo, y tienes además que escuchar a tu hija.


Como bien sabes, escuchar no es lo mismo que oír. La escucha requiere atención y estar presente, abierto, a lo que se te comunica. En ocasiones la escucha es fácil, pero a veces requiere que prepares las condiciones para que se produzca con la mayor eficiencia. 


Para escucharte a ti mismo tienes que ser capaz de acallar las razones que te grita tu ego. Todas estas razones las recibes desde tu mente, tu hemisferio cerebral izquierdo, que es el que razona, analiza, y concluye. Y todo eso está muy bien, pero no te olvides de un ingrediente fundamental que seguramente va a tamizar todas esas razones y te va a ayudar a tener una visión más real de lo que ocurre: lo que te dice el corazón, el hemisferio derecho, que es el que intuye y percibe. La mente habla a gritos, el corazón en susurros. Acalla tu mente y haz silencio para poder escuchar y entender el mensaje que te quiere hacer llegar tu corazón. Luego pon ambos mensajes juntos y mira a ver qué resulta.


Para escuchar a tus hijos, tienes que dejar de hablar tú. No solo físicamente -que también-, sino en tu mente. Cuando a la vez que ellos hablan, tú desarrollas en tu mente los argumentos con los que vas a contratacarles cuando paren para tomar aire, no los estás escuchando, no te engañes; estás hablando tú a la vez que finges que les escuchas. Y ellos lo perciben de forme más o menos consciente -cuanto más mayores, más probabilidades de que sea de forma consciente- y es por eso que no se sienten valorados y pierden el interés en intentar comunicarse contigo. Cuando tú quieres comunicar un mensaje y la persona que tiene que recibirlo no quiere escuchar, no importa lo que digas o cómo lo digas, el mensaje no llega. 



Así que lo primero que podemos hacer es escuchar: a nosotros –nuestro corazón- y a nuestros hijos –desde el corazón-, porque si hacemos eso estaremos empezando a crear las condiciones óptimas para una comunicación eficiente. Qué hacer a continuación, lo veremos en la siguiente entrada.