La adolescencia es una época de transición en la
que el ser humano se transforma de niño en adulto a todos los niveles: físico,
psicológico, y emocional. Es por lo tanto una época de muchos cambios a
los que los adolescentes deben adaptarse con rapidez, lo que sin duda les
genera un considerable estrés. Lo emocional ocupa en estos años un lugar muy
importante en relación a la definición de la propia identidad.
Las emociones son la respuesta de nuestro cuerpo ante la
interpretación que hacemos de los estímulos que recibimos. Ante un mismo
estímulo, según la interpretación que hagamos podemos generar emociones incluso
opuestas. Tomando las riendas de cómo y qué pensamos, podemos por tanto elegir
lo que sentimos.
Los cambios hormonales, que empiezan a actuar con fuerza
durante la adolescencia, llevan asociados cambios evidentes en el humor. El
baile hormonal propio de la adolescencia es el que hace que tan pronto rían
como lloren sin solución aparente de continuidad. No es fácil para ellos
entender lo que está pasando, lo cual solo aumenta su sensación de falta de
claridad y de control sobre lo que acontece en sus vidas. Y si uno no se
comprende a sí mismo, difícilmente puede esperar que le entiendan los demás…
¿Cómo puedes ayudar a tus hijos a poner un poco de
claridad y orden en su creciente desconcierto?: hazlos conscientes de lo que
está pasando. Habla con ellos, explícales las transformaciones que están
sufriendo y cómo se manifiestan, transmíteles sensación de normalidad y
naturalidad. Diles lo normal que es que no se entiendan a sí mismos, cuéntales
que tú pasaste por lo mismo y que les comprendes. No solo lo pienses, díselo.
Que sientan que les acompañas sin entrometerte. Cuando nos sentimos
comprendidos por alguien, no juzgado, creamos un vínculo emocional muy fuerte
con esa persona. Ese vínculo emocional con tus hijos les dará a ellos la
seguridad de tener una plataforma sólida desde la que arriesgarse a probar y
aprender cosas nuevas.
Cuando sean conscientes de lo que está pasando y porqué
pasa, podrán elegir cómo interpretar los acontecimientos de su vida, qué actitud
adoptar, qué respuesta dar, en lugar de reaccionar de forma inconsciente,
como si el avión de sus vidas estuviese en las manos de un piloto automático y
ellos no tuviesen ningún control sobre la ruta o la velocidad a la que navegan.
Y de cómo interpreten lo que les pasa dependerán las
emociones que sientan y las acciones que elijan llevar o no llevar a cabo desde
ese estado emocional. Se darán así cuenta de que tienen una capacidad real de
modificar su calidad de vida, de que está en sus manos elegir, tomar
decisiones y asumir las consecuencias. Esto les ayudará enormemente no solo a
construir una experiencia vital con más calidad sino también a reforzar la
confianza en sí mismos, en que son capaces de gestionar poco a poco su propia
vida de forma independiente.
La forma más eficaz de ayudar a nuestros hijos,
especialmente en la época de la adolescencia cuando temporalmente nuestros
dulces niños sufren una peculiar metamorfosis que les acerca bastante a los
erizos, es no empeñarnos en acercarnos tanto que constantemente nos hagamos
heridas con sus púas, sino darles un espacio y enseñarles con nuestro ejemplo.
Tengo el convencimiento de que una de las cosas más bonitas que nuestros hijos
hacen por nosotros es darnos la oportunidad de aprender con ellos a través de
su proceso vital. Lo que quizás no haríamos por nosotros mismos somos capaces
de hacerlo por ellos. Nos mueven a la introspección, al autoexamen; nos mueven
a cambiar, a sacar nuestro mejor yo.
Por eso la paternidad es una aventura apasionante que
vivimos de la mano de nuestros hijos. Es una ocasión de oro, también para ti,
para aprender a surfear sobre las potentes olas de las emociones y no acabar
siempre dejando que la ola nos deje aturdidos mientras nos pasa por encima. Que
a veces puede tener su gracia, pero ir encima de la tabla, controlándola,
cabalgando las olas, es más creativo y más gratificante.
Y tú, ¿cómo gestionas tus emociones?; ¿surfeas o
buceas….?