Si fuésemos capaces de pararnos por un momento y darnos
cuenta de todo lo que está pasando en el organismo de nuestros hijos durante
los años de la adolescencia, probablemente les entenderíamos mejor y
sentiríamos más compasión por ellos.
La adolescencia es un proceso de cambio. Los cambios
hormonales, y los cambios emocionales que éstos llevan asociados, pueden
hacerles percibirlo todo de forma exagerada e inestable. Aquel sentimiento de
diversión y excitación ante un nuevo día que caracteriza a los años de la
infancia, está ahora coloreado por nuevas emociones y sentimientos que en
ocasiones no están claros, son desconocidos, no saben cómo gestionarlos.
Algunos días tienen la sensación de estar subidos a una montaña rusa en un día
de intensa lluvia. Y es especialmente en esos días, cuando sus padres y
profesores esperan de ellos que se comporten como si estuviesen sentados en la
orilla de la playa un día soleado de primavera. Aceptémoslo, es frustrante y se
sienten incomprendidos. Frustración que solo suma a los sentimientos y
emociones que ya tenían.
Los cambios hormonales afectan en mayor o menor medida a
nuestras emociones. No los podemos controlar ni evitar. Son necesarios, porque
van asociados al cambio que nos transforma de niños en adultos. Pero que no
podamos cambiarlos no significa que tengamos que permitirles gobernar nuestra
vida condicionando la calidad de nuestra experiencia vital, porque lo que sí
que está siempre en nuestra mano es elegir la forma en la que respondemos ante
ellos, qué actitud adoptamos. Y para responder es preciso ser consciente de lo
que realmente está pasando. Si no somos conscientes nos limitamos a reaccionar.
Cuando actuamos desde el subconsciente, reaccionamos ante
un estado de ánimo haciendo cosas que justifiquen ese estado de ánimo. Por
ejemplo, ante un estado de ánimo triste y melancólico, si no soy consciente de
porqué me siento de esa forma, lo más probable es reaccione encerrándome en mi
habitación a escuchar canciones de desamor, o me meta en la cama, me tape hasta
la cabeza, y le dé vueltas y más vueltas a todas las cosas que me han pasado
recientemente y que yo percibo como negativas sintiéndome como una víctima
incomprendida, lo cual solo me llevará a sentirme cada vez peor.
Si por el contrario ante el mismo estado de ánimo
respondo desde el consciente, puedo elegir hacer cosas que minimicen o acaben
con ese estado de ánimo: puedo elegir salir a dar un paseo, hacer algo de
deporte, ocuparme en alguna tarea manual que requiera mi atención y no me
permita darle vueltas a la cabeza, y de esa forma suavizar el impacto de ese
estado de ánimo cuya causa hormonal no está en mi mano controlar.
De esta forma, eligiendo libremente qué actitud tomar
ante nuestra realidad y qué respuesta dar a lo que la vida nos presenta, vamos
aumentando la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestra capacidad
para elegir la calidad que queremos que tenga nuestra experiencia vital.
No te canses de hablar con tus hijos. Pero no para
decirles cual es la forma correcta de hacer cada pequeña cosa -que generalmente
coincide con tu personal opinión al respecto-; ni siquiera dispones del tiempo
suficiente para hacerlo… Dales información de calidad, explícales cómo ocurre
la vida. Después déjales que desarrollen su creatividad para elaborar una
respuesta, y estate siempre alerta para cuando vuelvan a ti con sus dudas. Y
cuando lo hagan, asegúrate de que estás cerca y de que estás disponible.