miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Por qué mi hijo no me escucha y cuando me escucha no me entiende?



Con mucha frecuencia me encuentro con padres que acuden a mí desesperados porque ven cómo día a día van perdiendo a sus hijos adolescentes. Esos niños con los que hace no tanto tiempo compartían una gran complicidad, de forma inexorable dejan de sentir interés por las cosas que tienen que decirles y –esto es lo que más les desespera- parecen no ser capaces de entender lo que ellos les están diciendo. “¿Qué podemos hacer para que nuestros hijos nos escuchen y cuando nos escuchen nos entiendan?”

Y mi respuesta siempre es: “Tus hijos parecen no entenderte cuando les hablas… ¿les entiendes tú a ellos?”. “¿Quién es el responsable de que tus hijos no te entiendan?”. Silencio.

Los padres por lo general, salimos mal acostumbrados de los años de infancia feliz de nuestros hijos. Esos años en los que los niños nos ven como a sus superhéroes, en los que no hay nada que les guste más que pasar tiempo con nosotros, escucharnos, porque los padres constituimos su referencia de seguridad y conocimiento casi única. Pero de repente –porque pasa así de repente- entran en la adolescencia, y a nosotros invariablemente esto nos pilla con el paso cambiado, porque todo el mundo se da cuenta de lo mayores que están nuestros hijos menos los padres, que siempre los vemos como a nuestros niños.

Ahora nuestros hijos ya no nos miran solo a nosotros como su única referencia, sino que además miran hacia afuera. Se han dado cuenta de que no somos Superman o Catwoman, y buscan un modelo de perfección que nos sustituya y que les devuelva la certeza que nosotros con nuestras imperfecciones y nuestras carencias manifiestas ya no les damos. No se dan cuenta de que la perfección que ven en otros y que tanto les fascina, no es real. En primer lugar porque nadie es perfecto, todos tenemos defectos –sí, sus amigos también-; y en segundo lugar porque a nadie conocen con la profundidad con que nos conocen a nosotros, y por lo tanto les pueden estar dando una imagen incompleta de lo que realmente son y que en ningún caso aguantaría el paso del tiempo y el conocimiento profundo. 

Pero ellos aún no saben que esto es así; tú sí lo sabes. Y tienes que aprender a comunicarte con ellos de forma eficaz: que tu mensaje les llegue y lo haga como tú lo emites y no distorsionado. Una comunicación eficaz ayudará a que bajen las barreras y retiren los filtros que su inexperiencia y su ignorancia acerca de la vida pone entre ellos y tú.

La responsabilidad en la comunicación la tiene el emisor, no el receptor. Si tus hijos no entienden lo que les intentas explicar, en lugar de escudarte en el “son adolescentes”, “es que no escuchan”, “es que van a la suya”, “es que se las saben todas”, puesto que eso no parece llevarte a nada positivo -más bien al contrario-, ¿por qué no pruebas algo diferente?
Intenta hacerlo de esta forma: cambia tu actitud, y en lugar de culparles a ellos pregúntate qué cambios podrías hacer tú –emisor- en el mensaje que les están mandando, para que ellos –receptor- recibiesen el contenido que tú les quieres hacer llegar. Respóndete con la máxima honestidad. Y si lo haces seguramente te darás cuenta de que hay pequeños cambios que podrías introducir, como por ejemplo una reducción del volumen en el que emites el mensaje; o el momento en el que lo emites; o las palabras que utilizas; o el tono de tu voz; o el lenguaje no verbal que lo acompaña… O lo más probable, un coctel de todo esto y muchas más cosas.

Te reto desde aquí a que introduzcas esos pequeños cambios que has detectado y te sientes tranquilamente a ver lo que ocurre. TE - SOR - PREN - DE - RÁS….

No tienes por qué creerme; hazlo, y compruébalo por ti mismo.