Con mucha frecuencia
me encuentro con padres que acuden a mí desesperados porque ven cómo día a día van
perdiendo a sus hijos adolescentes. Esos niños con los que hace no tanto tiempo
compartían una gran complicidad, de forma inexorable dejan de sentir interés
por las cosas que tienen que decirles y –esto es lo que más les desespera-
parecen no ser capaces de entender lo que ellos les están diciendo. “¿Qué podemos hacer para que nuestros hijos
nos escuchen y cuando nos escuchen nos entiendan?”
Y mi respuesta
siempre es: “Tus hijos parecen no
entenderte cuando les hablas… ¿les entiendes tú a ellos?”. “¿Quién es el
responsable de que tus hijos no te entiendan?”. Silencio.
Los padres por lo
general, salimos mal acostumbrados de los años de infancia feliz de nuestros
hijos. Esos años en los que los niños nos ven como a sus superhéroes, en los
que no hay nada que les guste más que pasar tiempo con nosotros, escucharnos, porque
los padres constituimos su referencia de seguridad y conocimiento casi única.
Pero de repente –porque pasa así de repente- entran en la adolescencia, y a
nosotros invariablemente esto nos pilla con el paso cambiado, porque todo el
mundo se da cuenta de lo mayores que están nuestros hijos menos los padres, que
siempre los vemos como a nuestros niños.
Ahora nuestros
hijos ya no nos miran solo a nosotros como su única referencia, sino que además
miran hacia afuera. Se han dado cuenta de que no somos Superman o Catwoman, y
buscan un modelo de perfección que nos sustituya y que les devuelva la certeza
que nosotros con nuestras imperfecciones y nuestras carencias manifiestas ya no
les damos. No se dan cuenta de que la perfección que ven en otros y que tanto
les fascina, no es real. En primer lugar porque nadie es perfecto, todos
tenemos defectos –sí, sus amigos también-; y en segundo lugar porque a nadie
conocen con la profundidad con que nos conocen a nosotros, y por lo tanto les
pueden estar dando una imagen incompleta de lo que realmente son y que en
ningún caso aguantaría el paso del tiempo y el conocimiento profundo.
Pero ellos aún no
saben que esto es así; tú sí lo sabes. Y tienes que aprender a comunicarte con
ellos de forma eficaz: que tu mensaje les llegue y lo haga como tú lo emites y
no distorsionado. Una comunicación eficaz ayudará a que bajen las barreras y
retiren los filtros que su inexperiencia y su ignorancia acerca de la vida pone
entre ellos y tú.
La
responsabilidad en la comunicación la tiene el emisor, no el receptor. Si tus
hijos no entienden lo que les intentas explicar, en lugar de escudarte en el “son adolescentes”, “es que no escuchan”, “es
que van a la suya”, “es que se las saben todas”, puesto que eso no parece
llevarte a nada positivo -más bien al contrario-, ¿por qué no pruebas algo
diferente?
Intenta hacerlo
de esta forma: cambia tu actitud, y en lugar de culparles a ellos pregúntate qué
cambios podrías hacer tú –emisor- en el mensaje que les están mandando, para
que ellos –receptor- recibiesen el contenido que tú les quieres hacer llegar.
Respóndete con la máxima honestidad. Y si lo haces seguramente te darás cuenta
de que hay pequeños cambios que podrías introducir, como por ejemplo una reducción
del volumen en el que emites el mensaje; o el momento en el que lo emites; o
las palabras que utilizas; o el tono de tu voz; o el lenguaje no verbal que lo
acompaña… O lo más probable, un coctel de todo esto y muchas más cosas.
Te reto desde
aquí a que introduzcas esos pequeños cambios que has detectado y te sientes
tranquilamente a ver lo que ocurre. TE - SOR - PREN - DE - RÁS….
No tienes por qué
creerme; hazlo, y compruébalo por ti mismo.