viernes, 11 de octubre de 2013

Aprender a Tomar Decisiones


Los años de la adolescencia pueden ser los años más maravillosos de la vida y a la vez también los que suponen un mayor reto. Son años en los que uno siente que quiere arriesgar, que se atreve a hacer cosas nuevas, a vivir aventuras, a ser espontáneo. Son también unos años difíciles, con una increíble mezcla de emociones y sentimientos, y donde hay muchas decisiones que tomar.

Uno de los sentimientos que predomina en la adolescencia, especialmente en relación con las personas adultas, es el de ser incomprendido y en consecuencia no sentirse apoyado. Y tiene una base real: los adultos tenemos a veces serios problemas en entender a los adolescentes, y apoyar lo que uno no entiende no es fácil. Pero ese sentimiento viene también dado en parte por la propia situación vital del adolescente, que intenta colocar en su sitio las piezas del puzle de su vida. Un puzle con muchas piezas, donde hay muchas decisiones que tomar, y para el que a veces tiene la sensación de no estar preparado, lo que le crea un enorme estrés que transmite a los que le rodean.

Por supuesto esto es solo una ilusión: sí está preparado para hacer el puzle que la vida le pone delante en cada momento, lo que necesita es tener calma y confiar en su capacidad para poder dar lo mejor de sí mismo, que es mucho. Cuando estamos estresados disminuimos nuestra capacidad resolutiva. La función de los padres debe ser la de normalizar y generar una atmósfera de calma y comprensión en la que los chicos puedan atreverse a tomar las riendas de su vida con confianza creciente.

Cuando no dejamos a nuestros hijos que tomen decisiones porque nosotros como adultos sabemos mejor lo que les conviene, le estamos mandando a su subconsciente el mensaje equivocado de que ellos no son capaces, de que si deciden se van a equivocar. Sobre esa creencia errónea anidada en el subconsciente, es complicado que adquieran la confianza necesaria en sí mismos para atreverse a probar y equivocarse. Especialmente si cuando se equivocan les recibimos con el “te lo dije…” y/o  “a partir de ahora decido yo”.

A nadar se aprende nadando, y a vivir viviendo. La vida es un continuo de elecciones que nos van guiando hacia un sitio u otro. Unas son más trascendentales que otras; unas las hacemos en piloto automático y otras es mejor hacerlas de forma consciente. Cuando elegimos, con frecuencia nos equivocamos, y esa equivocación es muy útil e incluso necesaria si de ella aprendemos. 

Hay que aprender a dejar que los hijos ejerciten su capacidad de elección y se equivoquen. Nuestro papel como padres no es evitar que se tiren por el tobogán, sino estar al final del tobogán para ayudarles a levantarse si aterrizan con la cara por delante y se hacen daño. Sacudirles el polvo, quizás desinfectar alguna herida y curarla, y luego acompañarles a volver a subir al tobogán y volver a lanzarse. Si no lo hacen, le cogerán miedo y se perderán momentos maravillosos y la satisfacción de ver que han aprendido a caer con los pies por delante. La capacidad de normalizar las equivocaciones, y convertir las derrotas en victorias aprendiendo algo de ellas, es una herramienta que les será de mucha utilidad para construir sus vidas sobre cimientos sólidos.

Si cuando caen y se hacen daño nos culpamos a nosotros mismos por haberles dejado tirarse por un sitio tan peligroso, y para evitar esa culpa en el futuro no les dejamos volver a tirarse, no les estamos dejando aprender. Les estamos cortando los brotes del árbol de su vida a medida que van creciendo; un trocito de aquí y luego otro de allá, y al final obtenemos un bonito adulto-bonsái.

Si cuando caen y se hacen daño les decimos que son unos patosos y que mejor jueguen en otro sitio menos peligroso y les prohibimos tirarse desde el tobogán, les estamos mandando el mensaje de que no son lo suficientemente buenos, que no son capaces de aprender, que no deben intentar hacer cosas nuevas porque lo nuevo es peligroso; lo cual trabaja en contra de su autoestima y no facilita el que adquieran confianza en sí mismos. 

Puesto que la adolescencia es una etapa de transición entre la niñez y la vida adulta, y en la vida adulta van a tener en cualquier caso que tomar sus propias decisiones, nuestra misión como padres es que lleguen a ese punto lo mejor preparados posible. Para eso, tienen que hacer muchos ejercicios, que irán aumentando en dificultad a medida que pase el tiempo. No es justo esperar que alguien sepa de repente resolver complicadas funciones trigonométricas si antes no ha practicado mucho cómo hacer sumas y restas. Y en el examen de la vida no está permitido el uso de la calculadora… 

¿Cómo se están preparando tus hijos para vivir una vida plena?