La falta de comunicación entre los padres y
sus hijos adolescentes es uno de los motivos principales por los que unos
padres acuden a solicitar la ayuda de un coach de familia. La creciente
sensación de estar hablando con una pared, el notar que cualquier cosa que
decimos cae en saco roto, no la escuchan, no les interesa, les resbala, e
incluso les molesta y parece que les cierra cada vez más.
Cuando la comunicación entre padres e hijos
se ha roto (o notamos que claramente va perdiendo calidad), es importante que tendamos
puentes que salven ese vacío que nos va separando de nuestros hijos. La
vinculación emocional que tenemos con ellos se pierde si no somos capaces de
comunicarnos con ellos de forma eficaz.
Es necesario que realicemos un esfuerzo
conjunto los padres y los hijos, para relacionarnos los unos con los otros
desde el corazón, y no solo desde las razones del intelecto. El vínculo
emocional con nuestros hijos les da una seguridad que adquiere una especial importancia
durante los años de la adolescencia. Es más importante que las múltiples
actividades extraescolares, los viajes, los iPhones y todo tipo de gadgets. Es
tan importante como el comer, pero con frecuencia lo ignoramos.
Ese vínculo afectivo que se genera cuando
establecemos una comunicación eficaz desde el corazón, se trasluce en el respeto
mutuo y en un entendimiento más profundo los unos de los otros. Por el
contrario, vivir bajo un mismo techo sin tener una conexión a nivel de corazón
y sin que los chicos se sientan comprendidos a nivel de sentimientos, tiene
para ellos unos efectos muy negativos a la hora de integrarse en la sociedad, y
por lo tanto a la hora de sentar sólidos fundamentos de la vida que quieren
vivir.
La existencia mantenida de ese vínculo
emocional con los padres, alimenta la confianza que necesitan tener en sí
mismos especialmente en estos años marcados por el alto nivel de incertidumbre y
cambio en todos los ámbitos de su vida. Esa confianza en sí mismos les será de
mucha ayuda cuando tengan que tomar decisiones impopulares entre sus amigos, en
un momento de sus vidas en el que la necesidad de pertenencia al grupo es tan intensa.
Los adolescentes con mucha frecuencia acuden
al colegio o sencillamente salen al mundo arrastrando un bagaje emocional de
asuntos no resueltos en casa, e intentan buscar las explicaciones y las
soluciones a los conflictos con sus padres entre otros chicos que están en sus
mismas circunstancias. Y esto no siempre sale bien.
¿Cómo pueden los ocupados padres de hoy en
día intensificar los vínculos emocionales con sus hijos y darles una atención
de más calidad en medio de unos horarios estirados ya al máximo? ¿Dónde
encontramos tiempo para tener la oportunidad de comunicarnos con nuestros hijos
a un nivel más profundo? No hace falta mucho tiempo, hace falta aprender a
comunicarse con eficacia.
Y para ello, aprender a escucharnos los unos a los otros
desde el corazón es el primer paso. La mayoría de la gente escucha a los demás
solo desde la cabeza, con sus propios pensamientos y emociones corriendo por su
mente al mismo tiempo que escuchan. Esto da lugar a huecos o gaps en la comunicación y también a
interferencias; se producen juicios de valor, y aparece el resentimiento y la
distancia entre ambas partes.
¿Escuchas a tus hijos desde la cabeza o desde el corazón?
¿Mientras ellos hablan, estás siguiendo tu propio hilo de razonamiento en tu
cabeza, listo para imponer tus experimentadas ideas en cuanto callen para
respirar? Cuando escuchas lo que tus hijos te cuentan, ¿intentas escucharlo
como si tú mismo fueses un niño de su edad? Ellos no saben cómo se ve la vida
desde los ojos de una persona adulta; nosotros sí que sabemos cómo se ve la
vida desde los ojos de un adolescente.
Abre tu corazón y escucha lo que dicen y lo que callan
tus hijos. Te sorprenderás.