Con gran frecuencia escucho a clientes y amigos manifestar su malestar por la insatisfacción que sus hijos expresan
por lo que no tienen. Se comparan con los amigos,
con los compañeros, encuentran que estos tienen muchas cosas que ellos no
tienen, y las demandan como un derecho que los padres les está negando. Esta carencia
les genera mucha insatisfacción porque consideran (quizás de forma no
consciente) que son menos porque tienen menos.
A los padres esta situación no les resulta cómoda, entre otras razones porque
hace aflorar muchos fantasmas del pasado
relacionados con la propia capacidad/valía (para dar a los hijos lo que
necesitan, para hacerles felices, para ganar suficiente dinero como para tener
la vida que uno quiere; quizás también una antigua creencia de que uno no es
suficientemente bueno si no puede compararse con los demás y colocarse por
encima de ellos).
Todos intentamos dar a nuestros hijos lo que necesiten para vivir una vida
plena y feliz. Trabajamos duro y nos privamos de cosas si es necesario, para
darles a ellos lo mejor. El constatar que ellos no aprecian este esfuerzo (del
que con frecuencia no son conscientes…) sino que por el contrario manifiestan
necesitar cosas para ser felices que nosotros no les podemos dar, es frustrante
y doloroso. ¿Qué hago si mi hijo quiere
tener una casa con piscina como el resto de sus amigos y yo no puedo ni de
lejos comprarla…? ¿Qué hago si mi hija quiere vestirse de la marca de moda de
la cabeza a los pies y yo no puedo permitírmelo…?
Puedes enseñarle a mirar la realidad que tiene desde un ángulo diferente, y
seguramente al hacerlo cambiará su actitud. El tener que enseñarles a ellos te obligará
a ti a ser consciente de lo que les enseñas y aprenderás tú también; de su mano.
¿Qué tal si en lugar de poner nuestro foco de atención en lo que no tenemos, lo
colocamos sobre lo que ya tenemos y expresamos nuestra gratitud por ello? Haz
una lista de las cosas que tienes y por las que te sientes agradecido; en todos
los ámbitos del ser humano: una familia que te quiere, una casa donde vivir, una
inteligencia, un corazón generoso, un sentido del humor ingenioso, una habilidad,
unos amigos… Sin compararse con los que tienen menos: el error de fondo está en
la comparación.
La actitud de agradecimiento por lo que uno tiene, ejercitada en el tiempo,
nos hace cada vez más conscientes de lo ricos que somos. Nos ayuda a ser
conscientes cada vez de lo que es realmente importante, y por lo tanto nos
ayuda a redimensionar la necesidad vital que a veces parecemos tener de cosas
que en realidad no tienen ninguna trascendencia. Son cosas buenas que es lícito
querer tener, pero su ausencia ya no nos genera ansiedad e insatisfacción sino
que en todo caso nos motiva a dar los pasos eficientes necesarios para
conseguirlas. Si quieres tener una casa con piscina, fórmate bien ahora para ser
un buen profesional en el futuro y poder comprártela. Y así de paso te darás
cuenta del esfuerzo que esto requiere, y valorarás y agradecerás más lo que han
hecho y siguen haciendo tus padres.
Dale la vuelta a la tortilla y cambia tú primero de perspectiva y de
actitud: aprovecha las demandas excesivas de tus hijos para ser consciente de
cuán agradecido eres tú (o no) por lo que ya tienes y cuán exigente eres tú con
ellos. ¿Comparas tú sus notas con las de sus amigos, no valorando el esfuerzo
que ellos han hecho para conseguirlas y siempre pidiéndoles más? ¿Esperas tú
que ellos sean brillantes en los estudios, en los deportes, en sus habilidades
sociales, a un nivel que no son capaces de dar (y no por ello son peores…)?
¿Qué parte de las demandas excesivas que tus hijos te hacen es un reflejo de
las demandas excesivas que les haces tú a ellos?
¡Qué bendición tener hijos adolescentes! Sin ellos no tendríamos quizás la posibilidad
de pararnos y ser conscientes de tantas cosas que podemos mejorar en nosotros mismos.
Y lo mágico del tema es que cuando nosotros cambiamos, ellos cambian. Pruébalo…